Argumentos del ADN


Para que una computadora realice una nueva función, es necesario darle nuevas líneas de código. De la misma manera, los organismos vivos siguen el mismo principio. Si se quiere que un organismo adquiera una nueva función o estructura, se le tiene que proveer esa información a la célula. Se requieren nuevas instrucciones para producir los componentes importantes de la célula, los cuales, en su mayoría, son proteínas. El ADN es el depósito de un código digital que contiene instrucciones para comunicarle a los aparatos de la célula cómo producir proteínas.

Imaginemos que vamos a preparar una sopa a partir de una receta. Podemos tener todos los ingredientes a la mano, pero si no conocemos las proporciones adecuadas, o qué artículos añadir o en qué orden, en el tiempo de cocción, no vamos a obtener una sopa sabrosa. Muchas personas hablan acerca del “caldo prebiótico” es decir, los químicos que supuestamente existían en la tierra primitiva. Pero aunque uno tenga los químicos correctos para crear una célula viva, es necesario tener la información sobre cómo ordenarlos en diferentes configuraciones específicas con el fin de llevar a cabo funciones biológicas.

Desde las décadas de 1950 y 1960, los biólogos han reconocido que las funciones cruciales de la célula suelen ser llevadas a cabo por proteínas, y que las proteínas se producen como resultado de las instrucciones de ensamblaje almacenadas en el ADN.

En el diario vivir nos podemos comunicar información mediante un alfabeto de 26 letras, de 22 o de 30 (o incluso con solo 2 caracteres, como los ceros y unos que se utilizan en el código binario en las computadoras). Uno de los descubrimientos más extraordinarios del siglo XX fue que el ADN en realidad almacena información en la forma de un código de 4 dígitos. Los caracteres son 4 químicos o “bases” llamados adenina, guanosina, citosina y timina, que se representan con las letras A, G, C y T. Al acomodar de una manera adecuada estas 4 bases, se le instruye a la célula para que elabore diferentes secuencias se aminoácidos, que son los componentes de las proteínas. Un orden distinto de estos caracteres produce secuencias diferentes de aminoácidos.

El ADN es semejante a una biblioteca de información, y para elaborar una sola proteína serían necesarias entre 1200 y 2000 letras o bases (A, C, G, T), la cual es una gran cantidad de información.

Debido a las fuerzas que operan en los aminoácidos, las proteínas se doblan en formas tridimensionales particulares que son altamente irregulares, como los dientes de una llave, pero que encajan, como en una cerradura, con otras moléculas de la célula. Esta forma tridimensional específica que le permite a la proteína desempeñar diferentes funciones deriva en forma directa de la secuencia lineal de los aminoácidos. La secuencia de los aminoácidos es crucial para hacer que la larga cadena se doble de una forma apropiada con el fin de formar una proteína que en realidad sea funcional.

Las proteínas son las moléculas funcionales claves en la célula, la vida es imposible sin ellas, y sus atributos funcionales derivan de la información almacenada en la molécula de ADN.
Si no se puede explicar de dónde salió esa información, entonces no se puede explicar la vida, ya que esa información es la que hace que las moléculas se conviertan en algo que realmente funcione.

El “argumento del diseño del ADN” dice que el origen de la información en el ADN (la cual es necesaria para que la vida comenzara) tiene una mejor explicación por una causa inteligente que por cualquiera de los tipos de causas naturalistas que los científicos suelen utilizar para explicar el fenómeno biológico.

Bill Gates dijo: “El ADN es como un programa de cómputo, solo que mucho más complejo que cualquier cosa que hayamos imaginado alguna vez”(Lee Strobel, “El caso del Creador”, pp. 283.).
El teórico de la información Henry Quastler dijo en la década de los años sesenta que la “creación de nueva información habitualmente está asociada con una actividad creciente”(Lee Strobel, “El caso del Creador”, pp. 284.).


La refutación de la teoría del “caldo prebiótico”
La teoría del “caldo prebiótico”, mencionada por Charles Darwin en 1871, presume que la primera etapa en el camino hacia la vida fue la elaboración espontánea, a través de procesos químicos que sucedieron sobre la superficie de la Tierra Primitiva, de todos los compuestos orgánicos básicos necesarios para la formación de una célula viva. Se supone que estos compuestos se acumularon en los océanos primigenios, creando una sopa de nutrientes, el llamado “caldo prebiótico”. En ciertos ambientes especializados estos compuestos orgánicos fueron ensamblados en grandes macromoléculas, proteínas y ácidos nucleicos. Con el tiempo, al pasar millones de años, se dieron distintas combinaciones de esas macromoléculas a las que se les otorgó la propiedad de autorreproducirse. Luego, conducidos por la selección natural, evolucionaron sistemas moleculares autorreproductivos todavía más complejos y eficientes hasta que surgió la primera célula simple.

Sin embargo, no existe ninguna evidencia científica que apoye la famosa teoría de Darwin.

En primer lugar, si este caldo prebiótico hubiera existido en realidad, habría sido rico en aminoácidos. Por lo tanto, hubiera habido una gran cantidad de nitrógeno, ya que los aminoácidos producen este elemento. Así que, de ser esto verdad, al examinar los primeros sedimentos de la Tierra, deberíamos encontrar grandes depósitos de minerales ricos en nitrógeno.
Sin embargo, estos depósitos nunca se han encontrado. Jim Brooks en 1985 escribió que “el contenido de nitrógeno en la materia orgánica primitiva es relativamente bajo: solo 0.015%”, y que “a causa de esto, podemos estar razonablemente seguros de que nunca existió una cantidad sustancial de caldo prebiótico en la Tierra cuando se formaron los sedimentos precámbricos; si este caldo existió alguna vez, fue durante un breve período”(Lee Strobel, “El caso del Creador”, pp. 286.).

En “Evolution: A Theory in Crisis”, Denton expresó: “considerando la forma en que se hacen referencias al caldo prebiótico en tantas discusiones acerca del origen de la vida como una realidad ya establecida, es algo así como un choque darse cuenta de no existe en lo absoluto evidencia positiva de su existencia”.

En segundo lugar, si asumiríamos que el caldo prebiótico haya existido, todavía existirían problemas importantes con las reacciones adversas. Si en el caldo prebiótico hubieran existido aminoácidos, hubieran reaccionado rápidamente con los otros químicos, lo cual hubiera sido un gran obstáculo para la formación de la vida. La forma en que los científicos del origen de la vida han manejado esto en sus experimentos ha sido removiendo estos otros químicos con la esperanza de que las reacciones posteriores pudieran conducir el experimento en una dirección que fomentara la vida.

Los obstáculos para la formación de la vida en la Tierra primitiva hubieran sido extremadamente formidables incluso si el mundo hubiera estado cubierto de un océano de precursores biológicos.

A pesar de esto, ¿existe alguna ruta naturalista hacia la vida que sea razonable?


La refutación de la teoría del azar
Para muchos universitarios, y para muchas personas que no conocen toda la información, la idea del azar en el origen de la vida sigue estando presente. Se piensa que si uno permite que los aminoácidos interactúen de una forma aleatoria durante millones de años, la vida emergerá de alguna forma.
Sin embargo, la idea de que la vida se formó por azar ya no está en boga entre los científicos.

Imaginemos que por medio de cerrar los ojos y sacar letras de una bolsa pudiéramos producir “Hamlet” en el tiempo que tiene de existencia el universo conocido. Incluso una molécula simple de proteína, o el gen necesario para producir esta molécula, es tan rico en información que todo el tiempo que ha pasado desde el Big Bang no alcanzaría.

El rango de complejidad entre una molécula de proteína y otra es mínimo. Existe cierto nivel básico de doblamiento que una proteína requiere, llamado estructura terciaria, que es necesario para que esta pueda llevar a cabo una función. No se puede obtener la estructura terciaria de una proteína a menos que tenga, por lo menos, 75 aminoácidos.
Para que una molécula de proteína se formara “al azar”, primero se necesitarían los enlaces correctos entre los aminoácidos. Segundo, los aminoácidos tienen una configuración en versión diestra y versión siniestra, y para lograr avanzar, se requiere solo de aminoácidos en versión siniestra. Tercero, los aminoácidos deben enlazarse en una secuencia específica como las letras de una frase.
Si consideramos la probabilidad de que una pequeña proteína funcional se hubiera formado al azar, ésta sería de 1 en un millón de millones de millones de millones de millones de millones de millones de millones de millones de millones de millones. Es decir, ¡de un 1 seguido de 126 ceros!

Y esto sería para una molécula única de proteína, una célula altamente sencilla requeriría entre 300 y 500 moléculas de proteína. Además, todo esto tendría que llevarse a cabo en menos de 100 millones de años, que es la ventana de tiempo aproximada entre el enfriamiento de la Tierra y los primeros microfósiles que se han encontrado(Lee Strobel, “El caso del Creador”, pp. 289.).
Sugerir el “azar” en contra de estas probabilidades sería en realidad invocar un milagro.



La refutación de la teoría de la selección natural
La teoría de la “selección natural” explica que cuando la selección natural actúa sobre variables aleatorias, entonces la evolución es capaz de escalar picos que de otro modo hubieran sido imposibles.

Sin embargo, la teoría de la “selección natural” no podría funcionar en el plano de la evolución química, que explica el origen de la vida a partir de químicos más simples.

Los darvinistas admiten que la selección natural requiere que un organismo se pueda reproducir a sí mismo para que funcione. Los organismos se reproducen, sus descendientes tienen variaciones, los que están mejor adaptados a su ambiente sobreviven mejor, así que esas adaptaciones son preservadas y pasadas a la siguiente generación.
Sin embargo, para que se de la reproducción es necesario que la célula se divida. Y eso presupone la existencia del ADN y las proteínas ricas en información, lo cual se ha estado tratando de explicar.

Por otro lado, existe la llamada “primera hipótesis del ARN” que dice que la vida reproductiva se originó en un plano que es mucho menos complejo que el ADN.
Sin embargo, la molécula de ARN necesitaría información para funcionar, así como el ADN, por lo que volveríamos nuevamente al mismo problema de dónde salió la información. Además, para que se produzca una sola cadena de ARN, se requiere que haya otra molécula idéntica de ARN a su alrededor. Para que exista una probabilidad razonable de tener dos moléculas idénticas de ARN del largo apropiado se requeriría una biblioteca de 10 mil millones de mil millones de mil millones de mil millones de mil millones de mil millones de moléculas de ARN; y eso deja fuera en su totalidad cualquier posibilidad de un origen aleatorio de un sistema de reproducción primitivo.

Aunque durante un tiempo fue popular, la teoría del ARN ha generado su propia reacción de escépticos. El investigador sobre el origen de la vida Graham Cairns-Smith dijo que “muchos experimentos interesantes y detallados en esta área sólo han servido para demostrar que la teoría es altamente improbable”(Lee Strobel, “El caso del Creador”, pp. 291.).
Jay Roth, profesor de biología celular y molecular en la universidad y un experto en ácidos nucleicos dijo que no importa que el modelo original del primer sistema vivo sea ADN o ARN, el mismo problema persiste. “Aunque fuera reducido a sus componentes más esenciales, el modelo tendría que ser en realidad altamente complejo. Para este único modelo, y sólo para este modelo, parece razonable en el presente sugerir la posibilidad de un Creador”(Íbid, pp. 292.).



La refutación de la teoría de la afinidad química y la autoordenación
Al principio de la década de los años setenta, la mayoría de los científicos estudiosos del origen de la vida se habían desencantado de las opciones del azar y la selección natural. Como resultado, plantearon una tercera posibilidad. La misma teorizaba en la posibilidad del autoensamblaje del ADN mediante atracciones químicas de sus bases, o la posibilidad de formar una proteína solamente mediante la afinidad natural ente sus aminoácidos componentes.

Por un lado, los cristales de sal son un buen ejemplo de este fenómeno. Las fuerzas químicas de atracción producen que los iones de sodio (Na) se unan a los iones Cloruro (Cl) para formar patrones altamente ordenados de cristales de sal. Se obtiene de esta manera una secuencia de Na y Cl que se repite una y otra vez.

Sin embargo, cuando los científicos llevaron a cabo experimentos vinculados con el tema, encontraron que los aminoácidos no demuestran esta afinidad de enlace químico.

Por otro lado, existe además un problema teórico mucho mayor con respecto a esta teoría. El teórico de la información Hubert Yockey y el químico Michael Polanyi plantearon un problema más profundo: “Qué pasaría si pudiéramos explicar las secuencias en el ADN y las proteínas como resultado de propiedades de autoorganización? ¿No terminaríamos con algo semejante a un cristal de sal en el que solo existe una secuencia repetitiva?”(Lee Strobel, “El caso del Creador”, pp. 294.).

Por ejemplo, imaginemos que cada vez que tuviéramos una Adenina (A), automáticamente atrajera una Guanosina (G). Tendríamos entonces una secuencia repetitiva de A-G-A-G-A-G-A-G. ¿Eso nos daría un gen que pudiera codificar una proteína? De ninguna manera. La autoorganización no produciría un mensaje genético, sino una secuencia repetitiva.

Si lo que tuviéramos fueran caracteres repetitivos en el ADN, las instrucciones de ensamblaje les comunicarían a los aminoácidos que se acoplaran de la misma manera una y otra vez. No podríamos construir los muchos tipos de moléculas de proteína que necesita una célula viva para poder funcionar.

Para comunicar información se requiere irregularidad en las secuencias. Si abrimos un libro, veremos que no encontraremos una única palabra repitiéndose una y otra vez. Más bien, encontraremos una secuencia irregular de letras. Éstas comunican información porque se conforman a un patrón independiente conocido, que son las reglas de la gramática y el vocabulario. Eso es lo que nos habilita para comunicarnos, y eso es lo que se necesita para explicar acerca del ADN.

Al estudiar el ADN sin embargo, podemos observar que en su estructura sí existen enlaces que son producidos por atracción química. Por ejemplo, existen enlaces de hidrógeno y enlaces entre las moléculas de azúcar y de fosfato que forman los dos soportes helicoidales de la molécula de ADN. A pesar de esto, solo hay un lugar en donde no hay enlaces químicos, y eso es entre las bases nucleares, que son las letras químicas de las instrucciones de ensamblaje del ADN. En otras palabras, las letras que forman el código del mensaje del ADN no interactúan entre sí de alguna forma significativa. Además, son completamente intercambiables. Cada base se puede fijar con igual facilidad en cualquier sitio de los soportes del ADN.

De esta manera, no existe nada que fuerce químicamente a las letras a ordenarse en una secuencia particular. La secuencia debe provenir de otra parte.

Si escribimos la palabra “INFORMACIÓN” en una hoja de papel, y luego le preguntamos a otra persona cómo se formó la palabra en la hoja, la respuesta obviamente será que alguien pensó esa palabra y la escribió. Es decir, la causa es inteligencia que procede fuera del sistema. Ni la física, ni la química ordenaron las letras de esa forma. Fue una decisión. Y en el ADN, ni la química, ni la física ordenan las letras para formar las instrucciones de ensamblaje de las proteínas. Es claro que la causa proviene fuera del sistema. Y esa causa es la inteligencia.

En resumen, ninguna hipótesis se ha acercado siquiera a explicar la forma en que surgió la información necesaria para el origen de la vida a través de los medios naturalistas. Como admitiera Crick, un materialista filosófico: “Un hombre honesto, armado con todo el conocimiento disponible en la actualidad, solo podría afirmar que en cierto sentido, el origen de la vida hasta el momento, parece ser un milagro, ya que las condiciones que se necesitan cumplir para que surgiera son demasiadas”(Lee Strobel, “El caso del Creador”, pp. 297.).

Esto no quiere decir que el diseño inteligente sea lógico sólo porque las otras teorías hayan fallado, sino porque las evidencias existentes apelan a una mejor explicación. Esta es la forma en que los científicos razonan sobre asuntos de materia histórica. Basándose en la evidencia, el científico evalúa cada hipótesis sobre la base de su capacidad para explicar la evidencia disponible. El criterio clave es si la explicación tiene o no “poder causal” que es la habilidad de producir el efecto en cuestión.
En este caso, el efecto en cuestión es la información.

Como hemos visto, ni el azar, ni el azar combinado con la selección natural, ni los procesos de autoorganización, tienen el poder causal de producir información. Pero sí sabemos de cierta entidad que tiene el poder causal requerido para producir información, y esa es la inteligencia. No apelamos a esa entidad basándonos en lo que no sabemos, sino en lo que sí sabemos. Ese no es un argumento por ignorancia.

Siempre que encontramos un arreglo especial complejo que corresponde a un patrón o a un requerimiento funcional independiente, este tipo de información siempre es producto de la inteligencia. Los libros, los códigos de programación y el ADN tienen esas dos propiedades. Sabemos que los libros y los códigos de programación están diseñados por una inteligencia, y la presencia de este tipo de información en el ADN también implica una fuente inteligente.



El orden como complejidad: la complejidad irreductible
El argumento de la complejidad irreductible afirma que algunas cosas son tan simples como sea posible y aun así, funcionan.

En la época de Darwin, los científicos podían ver la célula bajo el microscopio, pero parecía como una pequeña burbuja de gelatina, con una mancha negra que vendría a ser el núcleo. Los científicos no tenían ni idea de cómo la célula llevaba a cabo todas sus funciones (dividirse, moverse, etc).

Pero hoy en día, las investigaciones nos han dado evidencias de que la célula es tremendamente compleja, y que está dirigida por micromáquinas con la forma y fuerza y las interacciones precisas, las cuales desafían la teoría de Darwin.
Un sistema o dispositivo es irreductiblemente complejo cuando tiene un número de componentes distintos que trabajan juntos para lograr la tarea del sistema y, si se removiera uno de los componentes, dicho sistema ya no funcionaría más. Es totalmente improbable que un sistema irreductiblemente complejo se construya pieza por pieza a través de procesos darvinianos, porque el sistema tiene que estar completo para que funcione.

El bioquímico Michael Behe lo ilustra a través de una trampa de ratones. ¿Es posible quitar alguna de las piezas de una trampa de ratones y que todavía fuera funcional? La respuesta es que no se puede prescindir de ninguna pieza sin inutilizar el mecanismo. El origen no fue un trozo de madera que atrapó a algunos ratones, que luego sufrió una mutación e incorporó un resorte que le permite atrapar otros cuantos ratones, y que más tarde, mediante una adaptación, incorporó el martillo con el cual atrapó un número mayor de ratones. La ratonera está formada por componentes individuales que separados del conjunto pierden toda utilidad. A la vez, si se quita uno solo de esos componentes el mecanismo resulta inservible. La trampa para ratones no es el producto de sucesivas etapas del desarrollo; no pudo haber evolucionado. En primer lugar la concibió una mente y luego, la creó un agente inteligente con poder y voluntad para actuar (Doug Powell, “Guía Holman de apologética cristiana”, pp.64.).

El ejemplo de la ratonera ilustra cómo es que los sistemas biológicos complejamente irreductible desafían la posibilidad de una explicación darviniana. La evolución no podría producir una máquina biológica de complejidad irreductible de forma repentina, porque sería extremadamente complejo. Las probabilidades serían despreciables. Además, no se podría producir directamente por medio de numerosas, sucesivas y ligeras modificaciones de un sistema precursor, dado que le estaría faltando una parte y, en consecuencia, no funcionaría. En cambio, la selección natural, asume la existencia de sistemas que ya existían con anterioridad.

Este es un ejemplo de complejidad irreductible, sin embargo, la vida misma está basada en máquinas moleculares con complejidad irreductible. Ellas llevan información de un lugar a otro de la célula, activan y desactivan interruptores celulares; actúan como dispositivos eléctricos que permiten que la corriente fluya a través de los nervios; actúan como máquinas impulsadas por energía solar que capturan la energía de la luz y la almacenan como compuestos químicos, etc, etc. La maquinaría molecular permite que la célula se mueva, se reproduzca, procese sus nutrientes, y controle cada una de las funciones celulares.

El cilio, el flagelo bacteriano, la coagulación de la sangre, las células animales y los anticuerpos son unos de los pocos ejemplos de los numerosos que nos demuestran la existencia de complejidad irreductible en la naturaleza.



El cilio
Los cilios son estructuras semejantes a látigos que se encuentran en la superficie de las células. En las células que forman parte de un tejido por ejemplo, los cilios pueden mover fluidos a través de la superficie celular. Un ejemplo, son los cilios del epitelio respiratorio, cada célula tiene aproximadamente 200 de ellos, y se mueven en sincronía para empujar el mucus del tracto respiratorio hacia la faringe para la posterior expulsión. Por otro lado, en las células móviles, como los espermatozoides, los cilios tienen la capacidad de propulsarlas a través de un fluido.


Al analizar los cilios al microscopio electrónico, se pueden ver diminutas máquinas moleculares bastante complejas. Cada cilio está compuesto por nueve pares de microtúbulos que son varas largas, delgadas y flexibles, los cuales se disponen alrededor de dos microtúbulos centrales sencillos. Los microtúbulos externos están conectados entre ellos por enlaces de nexina. Y cada microtúbulo tiene una proteína motriz llamada dineína. Esta proteína motriz se adhiera a un microtúbulo y tiene un brazo que alcanza y se une a otro, empujándolo hacia abajo, permitiendo que las dos varas comiencen a deslizarse a lo largo una con respecto a la otra. Cuando se comienzan a deslizar, los enlaces de nexina se extienden y se tensan. De esta manera, el aparato comienza a doblarse, luego empuja hacia la otra dirección y se vuelve a doblar logrando un movimiento como de remo del cilio. La idea es que las tres partes componentes del cilio (las varas, los enlaces, y los motores) son necesarios para permitir que el cilio se mueva. Si no fuera por los enlaces, al iniciarse el movimiento de deslizamiento, todo se rompería. Si no fuera por la proteína motríz, no se movería en absoluto. Si no fuera por las varas, no habría nadad que mover. De esta marera, el cilio es complejo de forma irreductible( Lee Strobel, “El caso del Creador”, pp. 253.).
La evolución sin embargo, nos da la idea de que el cilio se fue formando gradualmente hasta lograr la estructura actual, lo cual es imposible, ya que si se remueve apenas alguno de los tres componentes del cilio, éste no puede funcionar.



El flagelo
El flagelo bacteriano es un componente de las bacterias con forma de látigo, que actúa como un motor que permite a la bacteria propulsarse, pudiendo el propulsor del flagelo rotar hasta 10 mil revoluciones por minuto. Los estudios genéticos revelan que se requieren entre 30 y 35 proteínas para crear un flagelo funcional. Varias proteínas constituyen 3 componentes principales: una pala o remo, un motor y un rotor. Al eliminar uno de esos componentes, obtenemos un flagelo que solo puede girar a 5 mil revoluciones por minuto. De esta manera vemos, que es extremadamente complejo, y un problema para la teoría de Darwin.



La cascada de la coagulación
El sistema de coagulación de la sangre involucra una cascada compleja de 10 pasos que utiliza alrededor de 20 diferentes compuestos moleculares. Para que el sistema de coagulación sanguínea funcione perfectamente bien e impida una hemorragia a partir de una herida, cúmulos de diferentes proteínas deben de insertarse todos a la vez en forma coordinada. Esto elimina el enfoque gradualista darviniano y encaja con la hipótesis de un diseñador inteligente.

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